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Lugar sagrado: Nación Himba entre Namibia y Angola (África) - ARRASADA POR VISITAS




Los himba son un pueblo seminómada que habita en las inmediaciones del río Kunene, ubicado en el norte de Namibia y en el extremo sur de Angola.

Unas cuantas casas diseminadas, de forma circular, construidas con paja o madera y reforzadas con estiércol de vaca, constituyen toda la aldea.

Lo primero que llama la atención a los ojos del visitante es la impresionante estética de las mujeres.

Lucen el pecho desnudo y su única vestimenta es una falda hecha con piel de vaca.

Pero lo que más las caracteriza es el tono rojizo de su piel, sus elaboradas trenzas y los numerosos ornamentos con los que adornan su cuerpo.

Para protegerse del intenso sol y de los insectos, se cubren el cuerpo con una crema hecha a base de manteca, hierbas, ceniza y ocre, que les proporciona ese color inconfundible.

Parece que además de tratarse de una cuestión práctica, tiene a su vez un alto sentido estético: A los ojos de los hombres himba son así más atractivas.

Su cabello es peinado con trenzas - que también se embadurnan con la misma pasta - y coronado con unos cuantos adornos de cuero de cabra.

Pero también utilizan una gran cantidad de otros ornamentos, como collares de cuentas, brazaletes y tobilleras, que tienen su significado en función de cómo están colocados, y así se puede saber, por ejemplo, si una mujer está casada o si es viuda.

Ellas se encargan del cuidado del hogar, de los niños, de cocinar, de construir las casas o de traer el agua, mientras que los hombres - altos y esbeltos -, cuidan del ganado (sobre todo vacas y cabras), y aunque es una raza polígama, los maridos no pueden pasar más de dos noches con la misma esposa, sin atender a otra.

Tanto ello como que el jefe de cada tribu sea también su líder espiritual, son cosas que, entre varias más, llaman mucho la atención a los turistas, a quienes les puede resultar insólito que sea él también el encargado de impartir la justicia, llegando hasta a dictaminar el pago de eventuales multas, y siempre fijadas en cierta cantidad de cabezas de ganado, en proporción directa a la importancia del delito que se haya cometido.

Como dato anecdótico: El asesinato de una mujer supone un pago mucho mayor que el de un hombre!

Así, llegar a uno de esos poblados es como viajar en el tiempo, adentrarse en un mundo extraño, tan foráneo como atractivo.

Desgraciadamente es de esa manera en que también se está alterando poco a poco la ancestral forma de vida que a pesar de todo habían logrado mantener hasta este siglo XXI, incorporando costumbres que no hacían parte de sus tradiciones, o consumiendo productos ajenos a su cultura, como los dulces, o lo peor, que es el alcohol.

De hecho los problemas por alcoholismo ya hace un tiempo que se vienen dando.

Y el tema es que se torna difícil evitarlo, dado que han sido ellos mismos quienes han descubierto en el turismo una fuente de recursos alternativa a sus tan duras condiciones de existencia.

En definitiva es el debate de siempre: La delgada línea roja entre el loable interés de los viajeros occidentales por conocer otras culturas ajenas a las suyas, y la imperiosa necesidad de hacer algo que pueda evitar el  irreversible daño que tales visitas pueden llegar a ocasionar en una colectividad étnica tan peculiar y frágil, como la de los himba...





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